
© ACNUR / F.Lejeune-Kaba. El río Oubangui, que separa la República Democrática del Congo y República del Congo, juega un papel central en la vida de los refugiados de la turbulenta provincia de Equateur, en la República Democrática del Congo.
Betou, República del Congo, 19 de febrero (ACNUR)
El río Oubangui en África central es un salvavidas para los aldeanos que viven a lo largo de sus orillas. Es una fuente de sustento de decenas de pescadores, un lugar de encuentro para las familias, en donde realizan las tareas domésticas, y un lugar para nadar y jugar para un sinnúmero de niños. Sin embargo para Albert, de ocho años, cruzar el Oubangui ha significado un viaje de la violencia a la seguridad.
Albert es un refugiado de la aldea de Dongo, en la provincia de la problemática Equateur,,al noroeste de la República Democrática del Congo (RDC), donde hace meses estallaron graves enfrentamientos tribales sobre los derechos de pesca y la agricultura. Albert se encontraba jugando con sus amigos en el río en octubre de 2009. Ya era tarde cuando el grupo de repente escuchó ráfagas de disparos que se acercaban. Asustados aldeanos comenzaron a correr en todas direcciones. Aterrorizado y confuso, Albert huyó, agarrándo la mano de un hombre que trataba de ayudarlo. Como el tiroteo se intensificó, el hombre aceleró la huida, dejando a Albert solo.
"Yo quería correr a casa, pero hubo más y más disparos. Me asusté mucho y me escondí en una casa detrás de un pozo", recuerda Albert. "Había muchas otras personas escondidas allí y empecé a espiar para ver si había alguien conocido, pero yo no conocía a nadie. Estuvimos escondidos durante varios días y luego un hombre me llevó a una casa con gente armada."
El hombre resultó ser el líder del grupo de milicianos responsables de la violencia y durante dos meses Albert permaneció en cautiverio. Aunque dice que no fue maltratado, deseaba volver cuanto antes con su familia. Un asalto a los milicianos por tropas del Ejército le ofreció la oportunidad de escapar. Él y otro aldeano vagaron durante horas antes de llegar al río Oubangui, que forma la frontera entre la República Democrática del Congo y la República del Congo. Un pescador de la zona les llevó en su canoa por el río hacia la segura aldea de Eboko, en la orilla opuesta.
Dos semanas después de su llegada, el equipo de ACNUR pudo reunir a Albert con su madre, a la que la agencia había encontrado con vida 50 kilómetros más al norte, en la ciudad de Betou. Hoy su casa es una escuela de siete habitaciones que comparten con otras 170 familias de refugiados. Las familias esperan que pronto podrán mudarse a un campo de refugiados cercano, que está siendo construido por ACNUR.
En el momento en que Albert llegó a la República del Congo, decenas de miles de otras personas de su aldea y los pueblos de los alrededores también había buscado refugio en el país vecino para escapar de la violencia. Los refugiados informaron que los milicianos habían disparado y violado a civiles, al tiempo que incendiaron sus casas.
Desde principios de noviembre del año pasado, unos 108.000 refugiados han buscado refugio en el norte de la República del Congo para escapar de la violencia y las tensiones étnicas en la vecina República Democrática del Congo. Como Albert, la mayoría han quedado traumatizados por lo que experimentaron. ACNUR, junto con otras organizaciones humanitarias que están trabajando para proporcionar la atención psicológica que necesitan.
"Albert ha sido marcado por los violentos ataques de los que fue testigo", explica Maguelore Arsac, un responsable de protección del ACNUR que ha trabajado estrechamente con Albert y su familia. "Su madre me dice que él ha dejado de jugar, que no se ríe más y, a veces no come. Ella siente que ha perdido su infancia y ahora está serio como un adulto.
"Cientos de niños fueron separados de su familia durante su huida de la región de Equateur" agrega Arsac, "pero ninguno de los que me encontrado han experimentado tanto trauma como Albert. Ahora que hemos sido capaces de reunirle con su familia, estamos trabajando para devolverle su infancia perdida. "
* Nombre cambiado por seguridad.
Por Fatoumata Kaba Lejeune, en Betou