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ACNUR/A.McConnell

Una de las labores más importantes de los programas de acogida a los refugiados es la asistencia psicológica. En ella se emplean a diario los profesionales de la salud para satisfacer una necesidad latente entre las personas que se han visto obligadas a dejar su lugar de residencia por culpa de los conflictos armados.

La migración forzosa es causa directa de numerosos traumas y problemas psicológicos, que son una constante en los campos de refugiados ubicados en distintas partes del mundo.

Para estas personas, migrar es un acto más complejo que desplazarse de un sitio a otro para salvaguardar su vida y la de sus seres queridos. Es todo un duelo, una ruptura en sus historias de vida de la que deben recuperarse.





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Programa de orientación psicológica en Damasco

Pero la atención psicológica no solo se realiza sobre el terreno, es decir, en los campos de refugiados. En ese sentido, uno de los programas más destacados de ACNUR es el que desarrolla en los países afectados por los conflictos armados, como sucede con la atención prestada en la propia Damasco, la capital de Siria.

Allí, los profesionales de la salud financiados por este organismo han acondicionado un céntrico consultorio psiquiátrico en un hospital, al que acuden entre 400 y 500 pacientes cada mes. Los casos más habituales desde que se puso en marcha el programa son los de personas afectadas por depresión (23%), ansiedad (18%) o estrés postraumático (13%), entre otros problemas.

En cierta medida, esto se explica por la prolongación del conflicto armado en Siria, que ya cumple su quinto año. A los problemas puntuales como la pérdida de algún familiar, el cambio de modo de vida o el exilio forzoso, se ha unido la incertidumbre de lo que pueda ocurrir a medio o largo plazo y las pocas perspectivas de regreso.

ACNUR: opiniones sobre los programas de atención psicológica

“No entiendo cómo he podido afrontarlo”, dice Al-Sahira. “He pasado mucho tiempo en casa simplemente sentada viendo las fotos de mis hijos muertos”.

Ella es una de tantas víctimas directas de la guerra que se desató en Siria en 2011. Dos años antes, tuvo que afrontar la muerte de 3 de sus 14 hijos tras el bombardeo de su casa en Alepo, segunda ciudad del país. Después de aquello, nada volvió a ser igual.

Se desplazó como pudo hasta la capital, Damasco, donde encontró la orientación y la ayuda de los responsables de este programa. “Sentía que tenía que hablar con alguien; necesitaba contar todo lo que ha pasado”, agrega.

Nahla, la psiquiatra que atendió su caso, tiene 34 años de edad y es una de las pocas profesionales del sector que no ha huido del país tras el estallido de la guerra. Al contrario, según comenta, fue un motivo para quedarse.

“No podemos hacer que el dolor de personas como Al-Sahira desaparezca”, comenta Nahla, “pero sí podemos escucharlas sin juzgarlas e intentar reconectarlas con sus familias para que recompongan sus lazos sociales. Sin este tipo de ayudas, sufrirían mucho más y sus enfermedades se agravarían”, agrega Nahla.

 



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