La música, la poesía, la literatura y el arte en general se convierten en expresiones que ayudan a hacer más llevadera la experiencia del destierro.

La guerra no solo ha quebrantado la paz de miles de familias, sino que además ha arruinado las aspiraciones de cientos de jóvenes y profesionales que soñaban con iniciar una carrera artística en sus países de origen.

Ahora, viviendo en los campos de refugiados, intentan no perder el entusiasmo que hasta antes del destierro les impulsaba a perseverar en sus planes. El arte cumple una doble función: conectar con aquello que les gusta y hacer más llevadera su estancia en el sitio donde les han acogido; es el arte como liberación. 





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“Quiero ir a un estudio a grabar mis canciones”

Romuald Gravier tiene 24 años y llegó hace tres al campamento de Mole, en la República Democrática del Congo, tras huir de la República Centroafricana. Allí, los combates entre las fuerzas opositoras y el Gobierno se han recrudecido después de que las primeras acusaran al presidente, François Bozize, de incumplir los acuerdos de paz de 2007.

Romuald es artista. Antes de que la guerra le obligara a huir, era una figura reconocida en su comunidad, sobre todo entre los jóvenes. Escribía poesía, cantaba e incluso había realizado un documental sobre el sida.

“Tengo un sueño que consiste en ir a un estudio a grabar mis canciones”, comenta. “Hasta el momento he escrito 26, unas en inglés, otras en francés y otras más en sango, mi lengua materna. Todas hablan sobre la paz y las artes”.

En Mole, donde ha recibido el año 2016, se plantea realizar otra película que comenzó a escribir hace dos años y a la que llamará La chica más hermosa del pueblo.

“Es la historia de un refugiado que se enamora de una chica de la zona a la que llega. Su amor crea un conflicto con la gente del pueblo, no sólo por su condición, sino además porque ella está casada y él debe renunciar a su amor”.

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Reconstruyendo Palmira

Mientras esperan que la situación en Siria mejore para emprender el regreso, un grupo de jóvenes refugiados han encontrado en el arte la mejor manera de reconstruir ese pasado que han dejado atrás.

Llevan varios años en el campamento de Za’atari, en la vecina Jordania, desde donde se han empeñado en sacar adelante un proyecto que consiste en hacer unas réplicas en miniatura de las ruinas de la antigua ciudad de Palmira.

“Cuando me di cuenta de que estaría un buen tiempo en este campamento, decidí hacer algo o de lo contrario iba a perder mis habilidades”, afirma Mahmoud Hariri, profesor de arte y pintor de 25 años, quien se convirtió en el impulsor del proyecto al que luego se sumaron otros jóvenes de Za’atari.

Ahmad Hariri es uno de ellos. En un principio solo se encargaba de traer los materiales con los que Mahmoud avanzaba en las réplicas en miniatura, pero luego acabó metido de lleno en la elaboración de las piezas junto a otros chicos. Fue por la misma época en la que las ruinas de Palmira cayeron en manos del Estado Islámico, uno de los actores del conflicto en Siria, lo cual hace que se ponga en riesgo su conservación.

“Espero que este proyecto sirva para educar a los niños en el campamento, en especial a aquellos que llegaron aquí muy pequeños y no saben nada de Siria”, asegura Ahmad. “Cuando hacemos este trabajo, sentimos que al menos estamos contribuyendo a la preservación de nuestra cultura”.

Hasta el momento, las piezas en miniatura del proyecto se han podido apreciar en un centro comunitario y en una exposición que se organizó en Ammán, la capital jordana. “Esta es una manera de luchar contra el olvido”, señala Mahmoud.





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