A principios de septiembre del año pasado, la población de Austria recibió una llamada de auxilio por parte de miles de refugiados que estaban cruzando la frontera con Hungría para pedir asilo en su país. La mayoría había tenido que dejar sus casas en Irak o Siria.

En pocas horas, la población austriaca se puso en marcha habilitando centros de distribución de alimentos y refugios, que funcionan las 24 horas los 7 días de la semana. Miles de voluntarios emplean su tiempo en ayudar a personas que necesitan desesperadamente ayuda para rehacer sus vidas. Hoy queremos contar la historia de alguno de ellos.

Irmtraud

Esta mujer de 66 años y madre de tres hijos trabaja con un grupo de 100 voluntarios para que los refugiados que llegan sin nada reciban comida, bebida y refugio, además de los suministros básicos. Estos llegan desde un almacén local que antes se utilizaba como concesionario de coches y que ahora alberga productos donados por otras personas. “Son artículos de higiene personal, alimentos, zapatos, ropa interior…”, explica Irmtraud. “La gente trae de todo, desde el este y el sur de Austria”.

Nuestra protagonista y su equipo reparten víveres en la frontera, donde han llegado a ver a más de 100.000 personas llegar en busca de una oportunidad. “Cuando ves a familias enteras en esa situación se te rompe el corazón. Los niños no tienen zapatos y todos ellos están muy agradecidos por lo que reciben”, nos explica.





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Gerhard

asilo y refugio

Nuestro protagonista ha sido alcalde de Nickelsdorf, la localidad en la que nos encontramos con todos estos voluntarios, durante 19 años, pero hasta el mes pasado no pudo imaginar que tendría que enfrentarse a una crisis como esta. “La situación es muy difícil”, nos cuenta. “Muchos refugiados están cruzando la frontera. Queremos ayudarlos, apoyarlos, darles comida y bebida y todo lo que necesiten. El corazón de nuestro pueblo está abierto para estos refugiados”.

Abdulladif

asilo y refugio

 

Abdulladif llegó hace tres meses procedente de Siria y ya ha conseguido amar tanto la ciudad, que no se quiere marchar. En Alepo, nuestro protagonista era contable. Allí dejó una casa destruida y a su familia, a la que espera poder traer a Austria. Mientras tanto ayuda a otros refugiados que llegan clasificando ropa y alimentos y distribuyéndola entre los refugiados. También hace labores de traductor. “Es mi deber ayudar a la gente”, nos dice. “No porque sean árabes o musulmanes, sino porque son refugiados como yo”. Ahora vive junto con otros 22 solicitantes de asilo en Nickelsdorf, y nos cuenta que la vida es muy diferente que en Siria. “Aquí siempre tenemos electricidad”, relata. “Allí nos quedamos sin electricidad ni agua durante 40 días”.

En Austria, la población se ha volcado a la hora de ayudar a los miles de refugiados que llegan a sus fronteras buscando asilo y refugio. Estos tres testimonios nos han ayudado a entender la situación en su frontera con Hungría, pero también a ser partícipes de las acciones solidarias llevadas a cabo por la población local, que, de forma desinteresada, aporta su grano de arena para hacer el camino de estos desplazados un poco más sencillo.





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