ACNUR/ Santiago Escobar Jaramillo

 

Honduras, Guatemala y El Salvador conforman el llamado Triángulo Norte de Centroamérica, una región del continente americano que presenta los índices de violencia más altos del mundo, incluso por encima de los que se registran en algunas guerras.

Esto se debe principalmente a las acciones de grupos de crimen organizado que actúan en la zona y se alimentan de un contexto marcado durante décadas por la pobreza, la desigualdad, la falta de educación y de servicios básicos.

Tiene, además, una de las tasas de pobreza infantil más altas del planeta. Cientos de miles de niños no solo sufren de desnutrición y abandono, sino que también se ven afectados por amenazas, reclutamiento forzoso, confinamiento, abandono y desplazamiento a otros países en busca de refugio.

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¿Cuál es el objetivo del plan “Educación en emergencias”?

Conscientes de la importancia de combatir las causas estructurales de estos problemas, ACNUR y la Unión Europea acaban de poner en marcha “Educación en emergencias”, un programa que cuenta con un presupuesto total de 1.200.000€, busca contribuir a la seguridad de los niños centroamericanos de estos países a través de iniciativas de educación, protección y asistencia.

Concretamente, el plan se implementará en las regiones de Usulután, Santa Ana, San Miguel y San Vicente (El Salvador); Petén y Quetzaltenango (Guatemala); y en la zona de Tegucigalpa, Francisco Morazán y Cortés (Honduras).

Otro de los puntos clave del plan “Educación en emergencias” tiene que ver con la labor de sensibilización hacia los funcionarios públicos y la sociedad civil en general, entre quienes se enfatizará la necesidad de cubrir las necesidades educativas y de protección de los niños centroamericanos de esta zona.

Educar a los niños en situaciones de emergencia, ¿por qué?

Pero no solo se trata de fomentar la educación y la protección en sí mismas, sino que estos dos aspectos suponen la mejor inversión a largo plazo en situaciones de emergencia humanitaria.

Esto es así porque los niños constituyen un colectivo especialmente vulnerable en casos de desplazamiento forzoso, guerras, persecuciones y amenazas, tal como ocurre ahora en el Triángulo Norte de Centroamérica. Los niños no tienen la suficiente madurez para comprender lo que sucede a su alrededor ni las herramientas necesarias para actuar por su cuenta, lo cual los hace ser dependientes de los adultos.

En la actualidad, cerca de 9,9 millones de niños son refugiados en el mundo y otros 19 millones se han visto obligados a abandonar su hogar dentro de su propio país. Una buena parte de ellos están en América Latina, sobre todo en los tres países antes mencionados y en otros como Colombia, Ecuador, México y Venezuela.

Proporcionar educación a los niños en situaciones de emergencia no solo supone devolverlos a su niñez, sino también dotarlos de herramientas, conocimientos y recursos para que en el futuro puedan valerse por sí mismos.

Además, tal como ocurre con los menores que viven en los centros de recepción en El Salvador, Honduras o Guatemala, la educación es la mejor manera de mantenerlos a salvo de los peligros propios del contexto en el que viven, dado que en no pocos casos se los convierte en parte activa de los conflictos y son víctimas de prácticas como los abusos sexuales o los reclutamientos forzosos para participar en las guerras.

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