Persépolis. Fuente Imagen istockphoto.com

El origen del Imperio persa lo encontramos en una serie de migraciones que tuvieron como epicentro la meseta de Irán, entre el mar Caspio y el golfo Pérsico, y que reunió a pueblos de Asia Menor, el sur de Rusia y Ucrania.

De entre todos los pueblos allí establecidos, los medos ejercieron un largo dominio que llegó a su fin en el siglo VI a. C., cuando Ciro II, emperador de los persas, se rebeló contra el orden de los gobernantes e instauró oficialmente lo que se conoce como el Imperio persa, uno de los más grandes de la Antigüedad.

En poco tiempo, Ciro extendió su poder en la zona del Mediterráneo oriental y anexó a su reinado las provincias de Libia, Media y Babilonia, una labor que completaron sus sucesores hasta Darío III.

Podría pensarse que su rápida expansión estaba basada en un inigualable poder militar. Y en cierta forma fue así, pues solo los griegos fueron capaces de oponer resistencia a los ejércitos persas, que eran numerosos y bien armados.

Sin embargo, esa no fue la única razón para que este Imperio alcanzara una cuota de poder tan amplia en un mundo que, por otra parte, se reducía a algunos pueblos de Asia, el norte de África y a la Europa dominada por Grecia. ¿Qué hizo, entonces, que llegaran a dominar tantos territorios? ¿Cuál fue su secreto?

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Imperio Persa: mapa del legado territorial

imperio persa mapa
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Si lo comparáramos con el mundo contemporáneo, el Imperio persa equivaldría a la suma de los territorios que ahora ocupan países como Irán, Irak, Turkmenistán, Afganistán, Chipre, Siria, Turquía, Uzbekistán, Líbano, Israel, Palestina, Egipto y la parte más oriental de Grecia

Inicialmente, su capital fue la magna y espléndida Persépolis, una ciudad famosa por sus exuberantes diseños y por una riqueza cultural como pocas ciudades tuvieron en el mundo antiguo. Después, por cambios políticos, también fueron designados como capitales otros centros urbanos como Susa, Pasargada y Ecbatana.

Los persas fueron famosos por sus construcciones. Cuando sometían un territorio, una de las primeras cosas que hacían era reconstruir la infraestructura de los pueblos y levantar edificios y monumentos nuevos que dieran cuenta de su poderío. A partir de entonces su influencia en este campo fue indudable: los pueblos de Mesopotamia, Egipto y Grecia imitaron algunas de sus construcciones.

 

La flexibilidad y el respeto, principios de toda conquista

Sin embargo, lo realmente característico del Imperio persa fue la manera en que conquistaba los territorios aledaños. Su poder no solo residía en la fuerza militar, sino también en una serie de valores asumidos desde los tiempos de Ciro II.

Las conquistas de Ciro fueron revolucionarias para la época. Se basaban en el respeto por las tradiciones de cada territorio y en el reconocimiento de sus reyes o líderes, que luego juraban fidelidad al Imperio en calidad de sátrapas. Solamente en los casos de traición tomaba represalias el emperador persa.

Otra característica de su política era no convertir en esclavos a los ciudadanos de los pueblos conquistados. Un ejemplo concreto lo encontramos cuando Ciro irrumpió en Babilonia, donde permitió el regreso a Jerusalén de los judíos oprimidos.

En Persia la religión oficial era el zoroastrismo. Sin embargo, eso no suponía que dicho culto se impusiera entre los pueblos conquistados. Por el contrario, Ciro y el resto de los emperadores permitieron siempre la libertad de culto.

Solo los griegos se resistieron al dominio persa y les plantaron cara en un episodio conocido como las Guerras Médicas. En el año 331 a. C., Alejandro Magno penetró en el corazón del Imperio y puso fin a casi cinco siglos de dominio. Curiosamente, la única manera de hacerlo fue adoptando parte de sus costumbres y ganándose el respeto y la confianza de los pobladores del antiguo Imperio.

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