La infancia, especialmente los primeros años, es la etapa que más influencia tiene en nuestra vida. En ella se sientan las bases de lo que más adelante seremos como adultos y en ella adquirimos los valores y los principios que determinarán nuestra conducta, tanto en el plano individual como en el social.

Es el momento de nuestra vida en que, entre otras cosas, nos apropiamos del lenguaje y de los códigos sociales con los que convivimos y, sobre todo, nos aproximamos a la cultura en la que estamos inmersos.

De ahí la importancia de la educación infantil, que no solo debe entenderse como una obligación o un requisito previo a una determinada opción laboral o profesional, sino más bien como una herramienta para la formación de personas independientes, autosuficientes y con criterios de actuación propios.

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Valores y funciones: importancia de la educación infantil

La importancia de la educación infantil radica sobre todo en su funcionalidad, es decir, en lo que aporta a los niños para la formación de su carácter, su identidad, su personalidad y, más adelante, su perfil profesional.

Por ello, debe ir acompañada de ciertos valores, características coyunturales y acciones complementarias que refuercen este rol. Algunos puntos esenciales en este sentido son:

  • La guía y el acompañamiento de los padres y los tutores.
  • Una alimentación y nutrición adecuadas.
  • Ambientes participativos, democráticos y en los que predominen valores como la igualdad, el respeto, la solidaridad y la convivencia.
  • El juego como herramienta de representación y comprensión de la realidad.
  • El fomento del compromiso social y la participación en la vida de la comunidad.
  • La transmisión de conocimientos de calidad y útiles para la cotidianidad.

 

Importancia de la educación infantil: niños refugiados

Cuando se trata de crisis humanitarias, la importancia de la educación infantil es doble. Los niños son uno de los grupos de población más vulnerables en situaciones de ese tipo y es preciso velar por su seguridad y sus derechos.

Según ACNUR, más de la mitad de los 65,3 millones de refugiados que hay actualmente en el mundo son menores de edad, lo cual obliga a que los organismos de atención redoblen sus esfuerzos para protegerlos de los conflictos y las guerras. Una de las herramientas para lograrlo es la educación.

Tanto si se trata de iniciativas en los países de acogida como en los campamentos de refugiados, ACNUR despliega todos sus medios para que los niños que se han visto forzados a abandonar sus hogares continúen con su formación primaria o secundaria.

De esta manera se los devuelve a su infancia y se los protege de las amenazas habituales en estos contextos, como son el reclutamiento forzado en las filas de los grupos en combate, los abusos sexuales o el trabajo infantil.

Además, ante la incertidumbre de su presente, la educación les proporciona recursos para su supervivencia. Un ejemplo de ellos son los niños que durante casi 40 años se han educado en las escuelas del campo de refugiados de Tinduf, en el Sáhara Occidental, y que han logrado forjarse un futuro fuera de allí. Ahora mismo, muchos de ellos son la única esperanza de futuro para sus familias.

En la actualidad, la situación de los niños refugiados es crítica. Por ello, ACNUR y otros organismos de atención humanitaria han vuelto a hacer un llamamiento para que tanto los Gobiernos como los particulares apoyen los programas de escolarización y eviten que toda una generación de niños vea disminuidas sus opciones de tener una vida digna.

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