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Pese a ser el país más joven del mundo, Sudán del Sur lleva casi dos años azotado por un conflicto político entre las fuerzas gubernamentales y las facciones opositoras. La violencia se ha extendido a lo largo y ancho del territorio y ha obligado a huir a miles de personas, especialmente campesinos y agricultores.

Temiendo por sus vidas y las de sus familias, muchos han emprendido largas travesías hasta la ciudad de Rumbek, ubicada en el centro del país, donde han sido atendidos por las organizaciones que trabajan en la zona.

“No había otra opción que venir aquí, aunque sigamos hambrientos y los niños estén enfermos”, afirma Nyepach Benylouck, una madre de 25 años que ha huido de su lugar de origen junto a sus hijos pequeños. “No tenemos nada, ni siquiera una esterilla para dormir por las noches”, agrega.

La situación vivida por ella y otros tantos que han huido desde que se rompieran los acuerdos de paz entre el Gobierno y los opositores ha sido clara: o te quedas y te expones al peligro o abandonas todo en busca de un sitio más seguro.

“Los hombres eran asesinados al azar; hasta los niños lo eran. Las casas fueron destruidas”, continúa Nyepach.





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La guerra, detonante del desplazamiento forzoso

A la espera de los próximos informes sobre el fenómeno del desplazamiento forzoso en el mundo, las organizaciones advierten de que durante 2014 se registraron los índices más altos desde que se realizan mediciones.

En concreto, fueron cerca de 59,5 millones las personas que tuvieron que dejar su lugar de origen por culpa de la guerra y los conflictos, algunos de ellos nuevos y otros más recrudecidos tras breves treguas.

No obstante, las primeras estimaciones de desplazados en el primer semestre de 2015 permiten percibir la magnitud de la tragedia. Hasta junio pasado, el dato aproximado era de más de 20 millones de personas que habían huido forzosamente de sus sitios de origen, el más alto desde el año 1992.

En África, el desplazamiento tiene focos claramente definidos en países como Costa de Marfil, República Centroafricana, Malí, Nigeria, Sudán del Sur y Burundi, así como en Libia tras el resurgimiento de los brotes de violencia.

Asia también cuenta con zonas neurálgicas, como por ejemplo Irak, Yemén, Kirguistán y, desde luego, Siria, que en este momento supone el mayor reto de atención y acogida internacional tras la huida de 4,1 millones de personas.

Dejar el horror, empezar de cero

miedo a la muerte

Desde el año 2012, alrededor  de 34.000 malienses han tenido que dejar sus hogares y buscar refugio en Burkina Faso. El miedo a lo que pudiera sucederles, sumado a las muertes y los ataques que han presenciado, les ha impulsado a cruzar las fronteras del país sin importarles que deban empezar de cero.

“El conflicto nos obligó a huir de nuestra región, Tombuctú, y por eso hemos tenido que buscar asilo en el extranjero”, afirma Alouda, un maliense de 55 años cuyo mayor sueño era envejecer en su casa, a salvo y feliz.

Descendiente de una familia de herreros y artesanos, fue testigo de cómo la guerra se llevó por delante su taller de artesanías, que era la única fuente de ingresos de la que dependían él y su familia.

Lo siguiente hubiese sido perder la vida, y Alouda no estaba dispuesto a ello. “Cuando la violencia estalló, los turistas, que eran mis principales clientes, fueron los primeros en salir de Malí. Ya no teníamos nada que hacer allí”, agrega.





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