Para la gran mayoría de los refugiados, abandonar su lugar de residencia no solo supone dejar atrás parte de su pasado. También es el comienzo de una larga travesía marcada por las dificultades y el agotamiento físico.

Cuando las condiciones geográficas son especialmente complejas, quienes huyen hacia zonas más seguras suelen enfrentarse a las altas temperaturas o al frío extremo, las zonas desérticas, la travesía por ríos y océanos, las enfermedades y, en algunos casos, la hostilidad y el rechazo en los países a los que llegan.

En realidad, solo unos cuantos de los que emprenden la huida llegan a su destino. Un alto porcentaje de los refugiados mueren durante el camino, desaparecen o son víctimas de la trata de personas o la explotación sexual.

El agotamiento físico es el principal obstáculo para alcanzar las zonas seguras. Cualquier medio o recurso es válido para llegar a un sitio donde se garantice la seguridad y la atención básica. Sin embargo, en muchos casos los recursos económicos de las familias son reducidos y las travesías se prolongan más de lo esperado.





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“Me quería morir, todo el tiempo”

Ahlam, refugiada siria de 30 años, acaba de dar a luz a su segunda hija, Samar Alzayadi, quien además ha sido registrada por los servicios de acogida de la isla de Lesbos como la “refugiada número un millón” en llegar a Europa por mar en el último año.

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Refugia la capital del Líbano. Allí estuvo durante 4 años, pero sus ahorros y los de su marido se agotaron y se vio en la obligación de volver a partir.

“No podíamos volver a Siria a causa de la guerra. Decidí correr el riesgo. No teníamos otra opción”, señala Ahlam, que partió sola y en avanzado estado de gestación, ante la dificultad de su marido para reunir el dinero del viaje.

La travesía duró dos días. Dormía en los arcenes de la carretera o en el primer sitio que tenía al alcance. Fue entonces cuando cruzó la frontera con Turquía y tomó un autobús que cruzó el país en 17 horas.

“Estaba muy cansada y tenía mucho miedo”, confiesa. “Me quería morir, todo el tiempo. Llevaba a mi hija de la mano, dos bolsas en la otra y sentía el peso del bebé que venía en camino. Me escondía de la policía; a veces corría”.

Hizo la última etapa de la travesía por mar. Se subió a una lancha neumática que la llevó hasta la isla de Lesbos, donde fue atendida por los servicios de emergencia y, más tarde, dio a luz a su hija Samar.

 

“Solo queríamos beber un poco de agua”

Rasmiyya, de 65 años, es una de las víctimas directas de los nuevos brotes de violencia que han estallado en Irak hace un par de meses. Se calcula que en el último año más de 250.ooo personas han abandonado sus hogares.

Perdió la pierna derecha a causa de un bombardeo en Fallujah, su pueblo. Ante su delicado estado de salud, su hijo Khudayir tuvo que negociar su salida de la zona con el grupo de rebeldes que tenía bloqueada la zona.

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Rasmiyya dejó Fallujah junto a la mujer y los hijos de Khudayir. El objetivo era llegar al campo de Dhuha al-Rawii, al oeste de Bagdad, donde se alojan cerca de 170 familias. El viaje por tierra, que en condiciones normales habría durado cerca de una hora, le llevó más de una semana a causa de los cercos militares sobre la capital.

“Teníamos mucho miedo”, cuenta Fátima, la suegra de Rasmiyya. “Al llegar al campo, lo único que fuimos capaces de hacer fue sentarnos y beber agua. Estábamos cansados y hambrientos. Los niños se daban cuenta de todo”.

La determinación, el miedo a la muerte y la seguridad de los pequeños son algunas de las razones por las que refugiados como Rasmiyya, Fátima y Ahlam soportan la dureza de las travesías en busca de zonas más seguras.





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