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EPA/Kerim Okten

Hace cuatro años, la velocista somalí Samia Yusuf Omar emprendió la carrera más difícil de su vida. En algún lugar del litoral de Libia, en el norte de África, se embarcó en un improvisado bote hacia las costas del sur de Europa para cumplir un sueño: representar a su país en los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

En 2008, cuando Somalia se encontraba en una profunda crisis política que enfrentaba a grupos rebeldes con las fuerzas gubernamentales, Samia fue una de las dos atletas que representó a su país en las justas de Pekín.

Ofició como la abanderada somalí en la ceremonia de apertura, que tuvo lugar en el Estadio Nacional, y participó en la carrera de los 200 metros. Aunque en la ronda de entrenamientos había superado su marca personal, en la primera eliminatoria acabó última y a más de 11 segundos de la séptima clasificada.

Sin embargo, las imágenes de aquel día quedaron en la memoria de los aficionados en todo el mundo: Samia, completamente rezagada, demostró perseverancia, fuerza y, por encima de todo, ganas de llegar a la meta.





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Huir de la guerra: la última esperanza de Samia

Ha sido una experiencia bellísima. He portado la bandera de mi país y he desfilado con miles de atletas de todo el mundo”, afirmó Samia, completamente satisfecha al volver a Mogadiscio, la capital de Somalia y su ciudad natal.

Sin embargo, a partir de entonces las cosas cambiaron. El grupo rebelde que en ese momento controlaba gran parte de la ciudad, Al Shabab, una organización musulmana de corte fundamentalista, le ordenó suspender sus entrenamientos regulares en el estadio de Mogadiscio, donde se reunía todos los días con el también atleta Abdi Bile, quien desde hacía unos meses era su entrenador.

A eso se sumó la huida forzosa de su familia, concretamente la de su madre y sus seis hermanos pequeños, quienes se trasladaron a un campo de refugiados en Etiopía.

Pero antes de ello, su madre había decidido vender el último patrimonio familiar, un terreno ubicado en las afueras de la ciudad, para poder financiar el viaje que llevaría a Samia a continuar su sueño olímpico: llegar a los juegos de Londres 2012.

Separada de su familia, Samia emprendió la ruta que año tras año eligen cientos de refugiados que huyen de la guerra en sus respectivos países. Cruzó Etiopía y Sudán, y tras sortear varios obstáculos llegó a las costas de Libia.

Finalmente, una mañana se embarcó en un bote con el objetivo de llegar a Italia y pasar a Londres para reunirse con el resto de la delegación que ese año representaría a su país en las olimpiadas. Meses después, se confirmó su muerte.

Reinhard Kleist, arte gráfico para recordar a Samia

Cuando se cumplen cuatro años de la muerte de Samia en las aguas del Mediterráneo, y en la antesala de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, el artista alemán Reinhard Kleist ha publicado una novela gráfica, en formato cómic, en la que cuenta los detalles de la travesía de Samia desde Mogadiscio hasta Libia.

El relato está basado en la investigación del propio Kleist y en el seguimiento del caso que hizo la periodista estadounidense Teresa Krug, quien llegó a intercambiar alguna carta con la chica para evitar que emprendiera la ruta hacia Europa.

Según datos de ACNUR, desde el año 2014 hasta ahora han perdido la vida cerca de 10.000 refugiados en las aguas del Mediterráneo.

 





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