En Siria, las bodas pueden durar hasta una semana. Se han dado casos de celebraciones de hasta un mes. La noche anterior, el novio suele festejarlo en casa o disfruta de un buen baño turco. La novia pasa el mismo día del enlace con su familia y amigos más cercanos, preparándose, aplicándose henna y maquillaje y poniéndose sus múltiples trajes. Después de la ceremonia, los invitados disfrutan de alimentos, baile y música, muchas veces hasta el amanecer.

Estas celebraciones, que son en parte tan parecidas a las nuestras, han sufrido una transformación radical por la guerra. Esta es la historia de Walaa, una chica siria de 22 años, que no dudó en celebrar su boda soñada aunque el escenario no fuese el más idílico. Ella y su novio Qassim estaban esperando a que la guerra terminase para celebrar el fin del conflicto y su boda. Antes de que todo estallase, Qassim y su familia vivían de su plantación de Damasco y disfrutaban de una vida acomodada. Pero a medida que la lucha se intensificó en la capital empezaron a pensar en marcharse.

Los recién casados nos cuentan ahora la historia de su boda y de la celebración que se llevó a cabo en un lugar poco habitual: una carpa situada junto a la carretera principal de un campo de refugiados. Al iniciar el relato, Walaa comienza a temblar y se cubre el rostro, secándose los ojos con un pañuelo de papel. Su dolor llena las paredes de plástico de la tienda de campaña y el silencio se convierte en un testimonio de los momentos de felicidad que le fueron robados. Qassim consuela tiernamente a su esposa y rompe el silencio en un intento de explicar su sufrimiento:





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“Ni siquiera sé si voy a poder tener hijos aquí. No soy capaz de mantener ni a mi esposa, ¿cómo podría soportar otra boca que alimentar?”. En la noche de bodas, contrataron a dos guardaespaldas para proteger a la novia de un posible secuestro. “Es muy difícil no haber tenido la boda con la que siempre soñé”, nos cuenta Walaa.

boda en un campo de refugiados

La vida de esta pareja no es fácil. Qassim fue herido en Siria, y todavía presenta las marcas de metralla en el pie. Sufre desmayos habitualmente y con frecuencia se despierta desorientado pensando que todavía está en alguna clínica del campo de refugiados de Za’atari, donde viven en la actualidad. “Es difícil recordar que un día fui dueño de un próspero negocio y que era capaz de alimentar doce bocas”, nos cuenta.

Este post pretende lanzar una reflexión: ¿Cómo se siente una familia de jóvenes recién casados en un asentamiento como este? ¿Cómo se contempla un futuro que no se puede controlar ni predecir? ¿Cómo se pasa de vivir con comodidad a no poder tener hijos porque no se les puede alimentar?

La guerra de Siria ha obligado a esta y a otras familias a cambiar totalmente su vida, en contra de su voluntad y de su deseo. Un buen ejemplo de estas situaciones de incertidumbre es el de esta pareja, que no puede imaginar su futuro fuera de este campo de refugiados ni sabe cuándo podrá volver a su país.





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