Todos los refugiados aguardan el momento de volver a casa. Para algunos la espera se prolonga durante años; para otros, la mejora de la situación en sus países les permite hacerlo mucho antes. Es el momento más anhelado.

En el destierro impera la añoranza, la nostalgia y la melancolía por lo que se deja atrás. Ningún lugar es igual al que se abandona.

Los campos de refugiados son, de hecho, sitios de alojamiento temporal para brindar acogida a todas las familias que huyen de la guerra. El principal objetivo de los equipos humanitarios que les asisten es que tengan unas condiciones de vida dignas en los campos de refugiados hasta que puedan regresar a su país de origen.





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“Me he reencontrado con mis vecinos”

En Mali, tras un acuerdo de paz alcanzado el año pasado entre las fuerzas rebeldes y el Gobierno, cerca de 41.000 refugiados malienses han vuelto a casa con la esperanza de retomar su vida. Para ellos, se ha cerrado el círculo.

vuelta a casa

“Cuando me fui de Tombuctú, aquello era un caos”, recuerda Jafar, de 24 años, que tuvo que abandonar la ciudad junto a su esposa y sus dos hijos ante la inminencia de la guerra. “Ahora que he vuelto, encuentro una ciudad que ha reanudado sus actividades económicas. Me he reencontrado con mis vecinos”.

Fueron ocho largos años de exilio en los que él y su familia tuvieron que recorrer varios campos de refugiados en el país vecino, Burkina Faso. Durante ese tiempo, lo que más echó de menos fueron las tardes en las que tomaba té dulce con sus amigos mientras veían caer el sol en Tombuctú. Ahora han vuelto a hacerlo.

Los retos del regreso: empezar de cero

Sin embargo, los refugiados malienses que vuelven a Tombuctú se enfrentan a varios retos. Para empezar, la gran mayoría de sus viviendas han sido saqueadas o están en ruinas y carecen de servicios básicos como electricidad o agua. Si quieren habitarlas, tendrán que invertir dinero en su reconstrucción.

Luego está el asunto de la escasez de empleo. Mientras la ciudad recobra su actividad comercial habitual, será difícil que tanto hombres como mujeres encuentren trabajos fijos que les aseguren una estabilidad económica a corto o mediano plazo.

“Será difícil encontrar un trabajo estable si no tengo un diploma que acredite mi nivel de formación”, agrega Jafar, quien desde su regreso a la ciudad busca una fuente de ingresos que le permita sostener a su familia.

Varias organizaciones llevan varios meses apoyando con ayudas económicas en efectivo a las familias retornadas y a las que se quedaron pese a la guerra. En Tombuctú, concretamente, más de 800 refugiados se han visto beneficiados con estas ayudas.

Pese a todo, Jafar es optimista en cuanto a su futuro. Estar en casa es una motivación más para luchar por sus seres queridos. “Con mi diploma de educación secundaria y la experiencia que adquirí en los campamentos, me gustaría poder trabajar en el sector de la ayuda humanitaria”, comenta.

El resto: a la espera de un pronto regreso 

Jafar y sus vecinos son conscientes, no obstante, de que han sido unos afortunados al poder volver a su Tombuctú natal. Otros 140.000 malienses refugiados en Burkina Faso, Níger y Mauritania no han tenido la misma suerte.

vuelta a casa

De hecho, se estima que otros 62.ooo desplazados internos aún tienen problemas para el retorno a sus lugares de residencia. Si bien las condiciones son ahora más favorables, en el norte del país aún se registran brotes de violencia. La única garantía sigue siendo el acuerdo de paz firmado en junio de 2015.

“Debemos reconstruir lo que la guerra ha destruido”, apunta Jafar. “Con la ayuda de todos, nuestras vidas poco a poco volverán a la normalidad”.





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