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03 Mayo 2012

República Democrática del Congo: testimonio de la visita a los proyectos de ACNUR para ayudar a las mujeres que han debido abandonar sus hogares debido a la violencia

“En nuestro viaje a Kivu Sur, las mujeres congoleñas nos recibieron con su rutina de perseverancia y apremios. De ellas, aprendimos que cuando los medios son escasos, siempre queda la solidaridad. Hay mucho por hacer juntas.”

Los miles de píxeles en imágenes digitales y los kilómetros de tinta extendidos sobre el papel, no llegan a cubrir ni una pequeña parte del mundo de sensaciones que viajaron conmigo de regreso desde la República Democrática del Congo. Pero sin duda, hay dos cosas que ocupan más lugar que cualquier otra en mi equipaje vital: las preguntas y un sentimiento mezclado de humildad con ansias de saber más.

Las primeras señales de la realidad de duros contrastes que nos inundaría durante esos siete días nos llegaron en el camino de tierra por el que se recorre, en algo más de una hora, la distancia entre la capital burundesa, Bujumbura, y la ciudad congoleña de Uvira. A ambos lados de la carretera, mujeres y hombres, jóvenes y ancianas, que nos presentaban con gestos de paradójica normalidad su rutina de perseverancia y apremios. En esta corta visita a Kivu Sur, nuestros días se dividían en ciclos en 12 horas de luz y 12 horas de sombra. De 6 a 6, 12 horas luminosas de diálogos, carretera, cinco sentidos al máximo, y muchos motivos para seguir creyendo y trabajando. De 6 a 6, otras 12 horas de cinco sentidos al máximo, repaso, organización y algo de descanso y carga de energía.

Durante esos días, recorrimos la costa oeste del Lago Tanganyka, entre Uvira y Baraka. En el camino conocimos a distintas personas en ciudades, campos y aldeas. Cada una nos mostró una cara diferente de una misma tarea: resistir y avanzar.

“¿Con qué sueñas?”, preguntamos a algunas vecinas de las aldeas y ciudades de los territorios de Uvira y Fizi, Kivu Sur. Las madres respondieron que “un futuro mejor para sus hijos e hijas, con buena educación”. Las niñas y mujeres que no tenían descendencia dijeron que querían “trabajar, estudiar y mejorar su futuro y la situación de las mujeres en la sociedad”. Y las mayores sólo esperaban “un poco de ayuda para vivir”, ya que sus hijos e hijas también están pasando situaciones económicas difíciles y no pueden colaborar con ellas.

Por la tarde, repasando los testimonios y pensando en la mejor forma de contar nuestra versión de la historia, surgían las primeras preguntas: ¿Podemos hablar de sueños cuando lo que se pide son cuestiones tan básicas, cosas que se dan por sobrentendidas en otros lugares? ¿Deberíamos hablar en cambio de derechos humanos?

Derecho a soñar

Seguimos el camino. Recorrimos mercados, escuelas, cultivos, casas, centros de formación, puntos de asesoramiento y otros, en los que la gran mayoría de las mujeres desarrollan su vida cotidiana. Allí aprendimos cómo trabajan, piensan y deciden cada día.

En esa constancia de vivir sin saber qué pasará mañana, en un contexto cambiante y susceptible que las obliga a reprogramarse a cada rato, las mujeres no dejan a la vez de luchar por unas condiciones de futuro en el que podrían resolver los retos y desafíos que hoy les quitan el sueño: mejorar sus vidas y las de sus familias; y encontrar, por fin, un poco de tiempo libre para disfrutar o descansar un poco.

Al regresar al albergue después de un día entero de satisfacciones y trabajo, nos esperaban cada tarde los platos sencillos y generosos que nos preparaba el cocinero de la casa de huéspedes: pollo asado, arroz blanco, salsa de hojas de kasava (mandioca), patatas horneadas y olorosas frutas.

No podíamos comunicarnos con palabras, idiomas demasiado diferentes. Sin embargo, su dedicación nos hablaba de entusiasmo por nuestra visita y el deseo de dejarnos un buen recuerdo. Y nuestros platos vacíos al terminar la jornada respondían con agradecimiento y compromiso.

En torno a la mesa, compartiendo la cena con el equipo de trabajo y los guías de ACNUR que nos acompañaban, el debate volvía a surgir: ¿Está en manos de estas mujeres cambiar sus vidas? ¿En qué medida estos objetivos dependen también de los ámbitos de poder de los que permanecen excluidas? ¿Cómo participan en estos temas los agentes nacionales e internacionales de ayuda humanitaria y desarrollo? ¿Cómo colaboran el ACNUR y otros organismos internacionales para generar cauces de participación y decisión para estas mujeres?

Una combinación explosiva de inequidades y conflicto

Seguramente, sus deseos-derechos-demandas son muy parecidos a los de muchas mujeres en otros lugares del mundo. La situación en que se encuentran estas mujeres es en parte consecuencia de las condiciones que les impone una sociedad cuyas estructuras de poder están dominadas por hombres relegando a las mujeres a una segunda categoría de persona.

Pero en Kivu Sur cuentan con una desventaja añadida: Los enfrentamientos armados que se desarrollan allí desde hace décadas de distintas maneras han exacerbado su crisis hasta límites extremos. La gran precariedad y vulnerabilidad en las que viven les impiden satisfacer las necesidades más básicas de ellas y de sus familias, complicándoles su desarrollo diario.

Una telaraña de motivos, protagonistas e intereses locales, regionales e internacionales dan forma a un complejo conflicto que se desarrolla en base a la lucha por el poder político y económico.

En esta trama entran el pasado colonial de esclavitud; las sucesivas dictaduras y guerras internas y regionales; las diferencias culturales, étnicas y de género exacerbadas y utilizadas por el poder de turno para dividir y vencer; y un reparto muchas veces injusto de poder, riquezas y derechos.

Las mujeres congoleñas, relegadas de ámbitos públicos y privados de decisión, son las que menos acceden a poder, riqueza o derechos.

Al mismo tiempo, sus posibilidades de que la situación cambien en un futuro cercano todavía son escasas en el país con el índice de desarrollo humano más bajo del mundo (el puesto 187, según datos del Informe PNUD 2011). Según este informe, RDC también está en el puesto 142 de 146 por sus desigualdades de género. En este país, las mujeres ocupan el 9,4 % de los escaños parlamentarios. Sólo el 10,7 % de las mujeres adultas cuentan con estudios secundarios o superiores, en comparación con el 36,2% de los hombres. Además, por cada 100.000 nacimientos, mueren 670 mujeres por causas relacionadas con el embarazo; y la tasa de fertilidad entre adolescentes es de 201,4 nacimientos de cada 1.000. La participación de las mujeres en el mercado de trabajo es del 56,5 % frente al 85,6% de los hombres. En la zona de Kivu Sur los principales sectores de empleo son la minería y la agricultura, aunque en gran medida de forma artesanal e informal.

Sin duda, la extraordinaria riqueza mineral del país es un elemento clave de la violencia armada. La RDC tiene aproximadamente el 80 % de las reservas de coltán del mundo. Este mineral que se utiliza en la fabricación de teléfonos móviles y otros aparatos informáticos consumidos por la población de todo el mundo, la cual desconoce casi siempre las formas de producción ocultas detrás de estas golosinas informáticas. Aunque ya se han puesto en marcha algunas medidas para intentar controlar este comercio, la extracción y exportación del coltán y otros minerales (diamantes, oro, etcétera) se realizan muchas veces fuera de la ley, en procesos controlados por grupos armados de diferentes configuraciones, los cuales obtienen de este contrabando, a la vez, financiación y causas para su lucha.

En el este del país, en la frontera con Ruanda y Burundi, muy lejos del Gobierno central de Kinshasa, las peores consecuencias de estas circunstancias recaen sobre la población civil, un grupo que en cambio no participa en el reparto de ganancias. Y dentro de este grupo, las mujeres congoleñas en el escalón más bajo. Asimismo, al no registrarse y evaluarse su experiencia como parte activa del conflicto, las mujeres tampoco son incluidas en las propuestas políticas de resolución, lo cual resulta ser uno de los factores de fracaso, o como mínimo de fragilidad, de los intentos de pacificación.

La inequidad de género, presente en tantos países del norte y sur de todo el mundo, es explosiva cuando se combina con un entorno de inseguridad, violencia y abandono. Cuando los conflictos pasan a una fase de enfrentamiento armado, las mujeres, eslabón más vulnerable de la sociedad, son quienes más padecen sus resultados.

No sólo son las más afectadas por los desplazamientos, el hambre, la pobreza, las enfermedades y la inseguridad; sino que además son víctimas de una violencia específica, la que las “ataca” por el simple hecho de ser mujeres. Ese es el caso de las violaciones y la violencia sexual y basada en el género (VSBG) que convierte sus cuerpos en campos de batalla en los que destruir física, moral y socialmente al enemigo.

Toda la comunidad sufre la vergüenza y el deshonor (ese es el objetivo final de estos ataques), pero las mujeres son quienes cargan de por vida (cuando consiguen sobrevivir) con las consecuencias físicas, psicológicas y sociales. Estigmatizadas, rechazadas y debilitadas en cuerpo y alma siguen adelante con sus vidas y cuidan de sus hijos e hijas (quizás producto de esas violaciones), casi siempre sin la ayuda sus familias y comunidades que las culpan de lo ocurrido.

La violencia sexual está ampliamente extendida como arma de guerra por todas las partes involucradas en el conflicto de la RDC, un país al que la representante especial de las Naciones Unidas para la Violencia Sexual en Conflicto, Margot Wallström, ha descrito como "la capital mundial de las violaciones".

Dadas las circunstancias que condicionan la violencia sexual en Kivu Sur, es sumamente complicado establecer cifras, aunque gracias a los esfuerzos realizados por agencias de la ONU y ONG internacionales se han registrado miles de casos en los últimos años. Por ejemplo, un informe presentado por la Misión de la ONU para la estabilización de la RDC, MONUSCO, indicaba que sólo en 2009, se habían registrado en torno a 15.000 casos de violaciones en el país. Las mujeres que no han sido atacadas, conocen a otras que sí lo han sido y viven con miedo, preguntándose si serán ellas las siguientes.

¿Y qué hacen las mujeres en esta situación? Con hambre, con temor, con injusticia… no dejan de soñar, reclamar y esforzarse por cumplir esos deseos básicos. Me llenó de orgullo observar el espíritu de lucha de quienes son, en gran medida quienes sostienen a la fuerza la economía familiar, facilitan la educación de sus hijos y e hijas, consiguen los alimentos cotidianamente y proyectan, planifican y construyen el futuro.

En Kivu Sur oscurece pronto y la luna enseguida ofrece su compañía a quienes apuran el paso de regreso a casa. Su cara redonda y luminosa se convirtió en otra excusa para seguir pensando y preguntando: ¿qué hacemos en el resto del mundo mientras todo esto ocurre?

Qué menos que ayudar

Tuvimos la suerte de comprobar que, cuando los medios son pocos, siempre queda la solidaridad para salir del paso. Así conocimos la experiencia de mujeres reunidas en redes de trabajo y reflexión que las ayudan a ser, y percibirse, más fuertes para superar las dificultades. También conocimos a madres que decidieron hacer una apuesta por apoyar a sus hijas agredidas sexualmente, quitarles la etiqueta de “culpable” y ayudarlas a restaurar la “dignidad” que quisieron robarles.

En este camino, observamos de primera mano la labor del ACNUR en distintas áreas. Trabajando en red con otras entidades locales e internacionales, y con el apoyo de instituciones como la Agencia Vasca de Cooperación al Desarrollo o la Diputación Foral de Bizkaia, el ACNUR facilita a estas mujeres el camino con cuestiones tan básicas como su identificación legal en situaciones de desplazadas, refugiadas o retornadas; les ofrece asistencia jurídica para todo tipo de casos; les entrega oficialmente terrenos y casas donde vivir con sus familias y los alimentos básicos para comenzar de nuevo cuando se ha perdido todo; y por último les brinda el apoyo que necesitan para seguir desarrollando sus capacidades como personas, como mujeres, como parte activa de sus comunidades: educación, capacitación y orientación para formar sus propias redes de construcción de futuro.

Vuelta a casa, pero distinta

Kilómetros de carretera bacheada y poco segura nos permitían trasladarnos entre historia e historia. “¡Qué suerte que no llueva!”, hemos escuchado repetir una y otra vez al más que amable y generoso equipo que nos acompañaron durante el recorrido. El buen tiempo nos permitía seguir en nuestro afán: avanzar, conocer, aprender, comunicar… Ojalá no llueva.

En la seguidilla de vuelos de regreso a casa, y cada día desde entonces, incluso mientras escribo este recuerdo, en mi cabeza resuena una pregunta más: aunque intento ser parte consciente y colaborar, ¿puedo hacer algo más por estas mujeres para quienes cuestiones, cotidianas para mí, como la seguridad, el descanso, la salud y la educación suenan a privilegios? Siempre hay algo más. Soy responsable porque su realidad y la mía son la misma, una sola.

En apenas una semana, he conocido una parte de la vida de las mujeres -bebés, niñas, jóvenes, adultas y ancianas- que viven en Uvira y Fizi. Con sus opiniones, sueños, reclamos, trabajo e ideas cuento para seguir aprendiendo a vivir en común.

Por Greta Frankenfeld, Comité Vasco de ACNUR.

Copyright imágenes: Greta Frankenfeld/ACNUR

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