Visita a Uganda, por Samuel Martín

Visita a los campos de refugiados de Uganda

El pasado mes de septiembre Valentín Dueñas (Presidente del Comité Español de ACNUR), Ana Liria Fran (Secretaria de la Junta Directiva del Comité Español de ACNUR), Rosa Otero (Asistente de Información Pública de ANUR) y Samuel Marín (Responsable de Desarrollo del Comité Español de ACNUR), tuvimos la oportunidad de viajar a Uganda y visitar los campos de refugiados de  Nakivale y Kyaka II. Nos encantaría poder daros de vuelta a todos y cada uno de los donantes la cantidad de abrazos de agradecimiento que nos hemos llevado, pero como no es posible, nos conformamos con poder seguir dándoos las gracias.

 Después de siete años captando de fondos privados para el Comité Español de ACNUR, aunque sólo sea por una vez, me gustaría tomarme la licencia de no hablar de la importancia y la dificultad del trabajo de La Agencia de la ONU para los refugiados  o de las urgentes necesidades de las personas que atendemos en todo el mundo.

Y aunque tenga que hablar de nuestra última visita a los campos de ACNUR en Uganda, me gustaría comenzar la breve historia que quiero contar con una conversación que mantuve con el líder del Consejo de Refugiados Birmanos del campo Tan Him, en Tailandia, durante nuestra última misión a ese país, el pasado mes de mayo. Allí, no tuve más remedio que preguntarle cómo valoraban el trabajo de ACNUR en los más de 14 años que estaba durando su desplazamiento, a lo que él me contestó:

“El trabajo de ACNUR está ahí fuera y todos podemos verlo: mira los depósitos de agua, los refugios, la escuela, el centro de salud... y de verdad que os damos las gracias porque sin ello no hubiéramos sobrevivido. Sin embargo, lo más triste es que todos nosotros somos personas autosuficientes que sabemos valernos por nosotros mismos: lo único que necesitamos es un país que reconozca nuestra existencia y nos acepte como ciudadanos con sus derechos y libertades. Si eso fuera posible, todo lo demás no sería necesario”.

Al escuchar esta respuesta se me vinieron las lágrimas a los ojos, no por pena,  sino todo lo contrario: por respeto y admiración. Fue entonces cuando tomé conciencia de que, incluso necesitando una ayuda imprescindible para sobrevivir, los refugiados son las personas más fuertes y valientes en este mundo, tanto física como psicológicamente.

Y eso es precisamente lo que he vuelto a comprobar en Uganda; especialmente entre los niños, pero también con el resto de la población. Ver a gente que apenas si tiene cuatro trapos para vestir, que tienen que andar más de diez kilómetros a diario para ir a una escuela que ni siquiera dispone de comedor, o para recoger unos cuantos litros de agua en lo que es el punto de suministro más cercano, todo ello dependiendo de la generosidad de terceras personas y países, y que, sin embargo, no pierden la más radiante de las sonrisas, el más afectuoso de los saludos o la más sólida de las esperanzas… ver a toda esa gente tan contenta porque sencillamente viven día tras día aún en el más incierto de los futuros, te hace plantearte cómo es posible que podamos seguir quejándonos por nimiedades, nosotros que vivimos en países tan agraciados como los del “primer mundo”.

E inmediatamente después, uno repara en la inmensa generosidad de los países que acogen a todos estos refugiados, especialmente en un continente como África, donde se encuentran, precisamente, los países más pobres del mundo. En el caso concreto de Uganda, podría decirse que desde 1960 ha sido el “ojo del huracán” de todas las crisis de los Grandes Lagos, siendo testigo y huésped de los éxodos provenientes de Ruanda, Tanzania, Congo, Sudán e incluso Somalia… además de los desplazados internos generados por su propia guerra civil. Y ahí sigue hoy día, acogiendo a 150.000 refugiados, en su mayoría congoleños.

Otra vez los más pobres, otra vez los más generosos. Y otra vez los más fuertes. ¿Alguien se ha parado a pensar cómo reaccionaría alguno de los países “desarrollados” si tuviera que acoger de un día para otro cientos de miles o incluso millones de personas provenientes del conflicto en un país vecino, de la misma forma que lo hacen este año Uganda, Kenia, Etiopía o Túnez? Yo prefiero ni siquiera tener que hacerlo, atendiendo a las restrictivas políticas de migración y asilo a las que asistimos hoy día.

Y es entonces cuando, inevitablemente, le viene a uno a la cabeza el último (aunque el más importante) de los actores de esta breve historia. El que precisamente hace posible que los países más pobres y generosos del mundo puedan acoger a los millones de personas más fuertes y valientes, con la asistencia de ACNUR. Y ese actor no es otro más que tú mismo/a, que sigues haciendo posible toda esta historia. Sea como sea que llegaras a ser colaborador/a de ACNUR, no te quepa la menor duda que gracias a ti los más pobres, fuertes y valientes del mundo, continúan contando con el apoyo de los más generosos.

Me encantaría poder daros de vuelta a todos y cada uno de los socios y donantes la cantidad de abrazos de agradecimiento que nos hemos llevado en Nakivale y Kyaka, pero como no es posible, me conformo con poder seguir dándoos las gracias.