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11 Septiembre 2015

Aqeela Asifi, galardonada con el Premio Nansen 2015 de ACNUR

Aqeela Asifi montó su primera escuela en una tienda de campaña en los años 90. Desde entonces, más de 1.000 niñas refugiadas han recibido educación gracias a su perseverancia y convicción de que la educación es el futuro.

ACNUR ha reconocido este año el trabajo de más de media vida de Aqeela Asifi, una refugiada afgana que lleva décadas dando educación a muchos niños y niñas en Paquistán. Ella ha sido la galardonada de este año con el Premio Nansen de ACNUR, un reconocimiento que se concede a aquellas personas o instituciones que año tras año realizan una notable labor a favor de la causa de los refugiados. 

A sus 49 años Aqeela todavía recuerda cómo cambió su vida en 1992, cuando tuvo que huir de Kabul junto a su marido y buscar refugio en el vecino Paquistán. Por aquel entonces, Kot Chandana, el pueblo que les acogió, era el hogar de más de 180.000 refugiados como ella. Hoy en día la mayoría de ellos han ido regresando a Afganistán poco a poco, pero Aqeela no ha querido marcharse ni dejar atrás un proyecto que lleva ocupando su vida desde hace décadas: la educación de las niñas y jóvenes refugiados.

Un comienzo difícil

A pesar de tener que sacar adelante a una familia y de vivir con dificultades económicas y en una comunidad conservadora que ni siquiera tenía una palabra para nombrar a las mujeres maestras, Aqeela siempre supo que la educación era la clave para el futuro de todos los refugiados que vivían allí. Sobre todo la educación de las niñas: “Si educas a las niñas educas a generaciones” afirma.

Comenzó montando una improvisada clase en una tienda de campaña. Por aquel entonces tenía 20 alumnos, pero poco a poco fue yendo puerta por puerta tratando de convencer a los padres que vivían en este asentamiento de la importancia de que sus hijos –sobre todo las niñas- recibieran educación. 

Aqeela dando clase a sus alumnas. Foto: ACNUR /S. Rich

Aqeela Asifi ha contribuido a cambiar la vida de muchas niñas 

Con el tiempo, Aqeela se convirtió en ejemplo, modelo e inspiración para muchas madres y jóvenes, que empezaron a convencerse de la importancia de su mensaje a favor de la educación. Salma, por ejemplo, fue una de sus primeras alumnas. Ella creció en Kot Chandana y recuerda cómo era aquella primera escuela, sin ventilador, agua, cojines donde sentarse o libros de texto. La propia Aqeela se encargaba cada noche de escribir a mano los ejercicios para sus alumnos. 

Salma hoy en día tiene 7 hijos y es la única que sabe leer y escribir en su familia. Esta refugiada afgana reconoce que su educación ha sido esencial para el sustento de su familia y por eso está decidida a luchar para que sus hijas sigan yendo a la escuela y no tengan que casarse tan pronto como lo hizo ella. A Salma le gustaría que las niñas vayan a la universidad y puedan realizar sus sueños de convertirse en profesionales ejemplares como Aqeela.

El ejemplo de Aqeela se ha extendido por todo Kot Chandana, empezando por su propia familia: con 11 años, Sawera, su hija pequeña, es una de las niñas que acuden cada día a su clase. Ella sueña con ser oftalmóloga “para llevar luz a los que no pueden ver”.

Sawera, hija de Aqeela y alumna de su escuela. Foto: ACNUR / S. Rich

Este duro trabajo de décadas luchando contra las creencias culturales y sociales de su comunidad y la falta de fondos ha dado muchos frutos pero en Paquistán todavía queda mucho por hacer, ya que el 80% de los niños que viven allí como refugiados no van a la escuela. Aqeela está decidida a seguir luchando para reducir esa estadística, y los 100.000 dólares que recibirá del Premio Nansen probablemente contribuirán a ayudarla en su camino. Pero sin duda, las mejores embajadoras de su trabajo serán algún día las miles de niñas que gracias a ella están recibiendo educación actualmente.

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