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23 Abril 2015

El niño que fue enterrado vivo y sobrevivió

Cuando su aldea en Nigeria fue atacada por Boko Haram, Ibrahim, de 10 años, fue testigo del brutal asesinato de su padre. Después los insurgentes fueron a por él.

Sarratou, de 33 años, nunca olvidará el día en que decenas de hombres fuertemente armados tendieron una emboscada contra su aldea en el estado de Borno, en Nigeria. Eran las 10 de la mañana y ella estaba en casa con tres de sus cuatro hijos. Los disparos todavía sonaban en sus oídos cuando emprendieron precipitadamente un viaje de 12 kilómetros a pie hasta la frontera de Camerún.

En ese momento su marido y su hijo mayor, Ibrahim, de 10 años, estaban cuidando el ganado a las afueras de la aldea. Aunque intentaron huir, no había escapatoria. “Mi marido se cansó. Estaba agotado y no podía seguir corriendo” dice Sarratou. “Boko Haram les alcanzó y cortaron el cuello a mi marido, frente a nuestro hijo”.

Ibrahim se lanzó sobre el cuerpo de su padre y empezó a llorar. Pero tuvo poco tiempo para lamentarse. Uno de los insurgentes cogió su machete y golpeó el cráneo del niño. “Después de que me cortaran en la cabeza me desmayé” recuerda Ibrahim. “No me podía mover. Después me arrastré bajo un árbol para encontrar sombra. Ellos volvieron y me levantaron, pensaban que estaba muerto. Cavaron un hoyo y me tiraron en él y me cubrieron con arena”.

Hoy, varios meses después del dramático episodio, la gran cicatriz de su cabeza es el doloroso recuerdo de lo que tuvo que soportar el niño.

El pequeño Ibrahim fue testigo del asesinato de su padre cuando los insurgentes atacaron su aldea en el noreste de Nigeria. Contra todo pronóstico, el niño logró sobrevivir. Foto: ACNUR/Walter Kigali.

Dos días después del ataque, la abuela de Ibrahim y su hermana Larama, de 13 años, regresaron desde la frontera para buscarle a él y a su padre, mientras Sarratou, que cayó en una depresión, tenía ansiedad y había dejado de comer, estaba en el hospital siendo tratada de hipertensión. Mientras miraban alrededor de la aldea, Larama encontró a su hermano entre unos arbustos cercanos.

“Me cansé, me senté bajo un árbol y algo con moscas me llamó la atención” recuerda Larama con voz temblorosa. “Era un ser humano”. Ella recuerda que sólo una parte de la cabeza de Ibrahim sobresalía de la arena. “Estaba asustada. Saqué valor. Intenté hablar con él pero él sólo asentía. Le pregunté si era “el niño”, porque “niño” es el apodo de mi hermano, le llamamos “niño”. Él asintió. ¡Era él! Tenía una herida en la cabeza y manchas de sangre en toda la cara”.

"Les dije: ‘¡No está muerto, está vivo!’"

Haciendo acopio de fuerzas, le sacó de la arena y le llevó sobre su espalda a la aldea. “Estaba cansada pero tenía que conseguirlo. Cuando la gente nos veía me preguntaban que a dónde le llevaba. ‘Le llevo a casa’ decía. ‘Pero si ya está muerto ¿por qué lo cargas? ’, decían. Les respondí ‘No está muerto, ¡está vivo! ’ ”.

Familia Sarratou

Ibrahim (a la derecha) junto a su madre y tres familiares en el campo de Minawao, en Camerún. “No es fácil” dice su madre. “Unos niños sin padre, ir a por agua, preparar la comida…” Foto: ACNUR/ Hélène Caux´.

 

Tardó cuatro meses y medio en recuperarse en un hospital en Koza, Camerún. “Los médicos y enfermeras eran amables conmigo y la comida era buena”. Cuando salió, la familia se trasladó al campo de Minawao, a 90 kilómetros de la frontera. Abierto en julio de 2013, el campo acoge ahora a 33.000 refugiados nigerianos.

Muchas aldeas nigerianas en la frontera han sido atacadas e incendiadas en los últimos meses. Muchos supervivientes dicen que conocían a algunos de los atacantes, que formaban parte de las comunidades de las aldeas y que se unieron a los insurgentes antes de los ataques. “Pero ¿qué podíamos hacer?” dice uno de los refugiados en Camerún.

 

Ibrahim pensando en su padre.

Ibrahim, de 10 años, es un superviviente. Los insurgentes cortaron el cuello de su padre frente a él mientras trataban de escapar de un ataque en su aldea. Foto: ACNUR/ Hélène Caux

 

Al menos 1,2 millones de personas han sido desplazadas en el noreste de Nigeria desde mayo de 2013, cuando se declaró el estado de emergencia en los estados de Adamawa, Borno y Yobe. Más de 100.000 personas han huido a Níger, 74.000 han encontrado refugio en Camerún y al menos 18.000 en Chad. Las incursiones mortíferas en Camerún también han desplazado a unas 96.000 personas según las autoridades del país, entre ellas a muchos pastores y agricultores.

“Sabemos que matan a los hombres, secuestran a las mujeres y a los niños y roban el ganado, así que decidimos dejar nuestra aldea e irnos lejos de la frontera antes de que eso ocurriera” dice Oumanou, de 40 años. Hace tres meses abandonó su aldea con otros 20 familiares y caminaron durante días hasta llegar a las afueras de la aldea de Zamai, cerca de la ciudad de Mokolo, en la región de Extremo Norte, donde han levantado chozas hechas de paja y bambú. “Está bien por ahora” dice, “pero cuando empiece la temporada de lluvias el agua entrará y nos inundará”.

 

Ibrahim jugando con su hermana

Ibrahim y su hermana Larama, de 13 años, charlan frente a su refugio en el campo de Minawao, en Camerún. “Yo soy la que le desenterró y le llevó a sus espaldas” dice Larama. Foto: ACNUR/ Hélène Caux.

 

Al igual que Ibrahim y su familia, todo el mundo en el campo de Minawao tiene una historia de éxodo o violencia que compartir. Muchos huyeron por miedo y otros sobrevivieron a ataques físicos o fueron testigos de extrema violencia contra familiares o amigos. Algunos han sido secuestrados.

“La necesidad de apoyo psicosocial y de salud mental es enorme” dice Jodin Obaker, un psicólogo de la organización International Medical Corps, que gestiona el centro de salud de Minawao. Sin embargo, ese apoyo sigue siendo limitado en el campo debido a la falta de fondos y de personal cualificado, así como por prejuicios culturales con respecto a asuntos de salud mental.

“Los niños están pagando un alto precio” añade Obaker. “Algunos se retraen por completo, se guardan todo dentro, no se comunican ya. Están traumatizados por lo que han vivido”.

 

Ibrahim con su hermana Larama

Los hermanos Larama e Ibrahim comparten un vínculo que va más allá de los lazos familiares. Ella le salvó la vida después de un brutal ataque en el noreste de Nigeria. Foto: ACNUR/ Hélène Caux

 

Poco a poco Ibrahim se ha ido recuperando. Aunque su madre dice que ha cambiado mucho, que a menudo parece triste y camina cojeando, el niño también ha empezado a sonreir de nuevo. Va a la escuela, donde le gustan las clases de inglés, y juega al fútbol con su hermana mayor y su hermano pequeño. “Y tengo un mejor amigo” dice orgulloso. Pero sólo el tiempo y los cuidados podrán decir hasta qué punto se han curado las cicatrices invisibles, los recuerdos del ataque que lleva consigo.

Unos meses después del ataque, Sarratou volvió para comprobar el estado de la casa de la familia en Borno. “Todo está quemado” dice con resignación. Algunos aldeanos que escaparon después de ella le dijeron que los insurgentes habían llegado con bidones llenos de gasolina y que habían rociado cada casa antes de prenderlas fuego.

“Para nosotros no queda nada por lo que volver” se lamenta. “Los insurgentes también han robado nuestro ganado: siete vacas y 13 cabras. Aquí, en Camerún, tengo comida y agua para mis hijos, pueden ir a la escuela, tenemos refugio y nos sentimos seguros. No volveremos a Nigeria tan fácilmente. Para mí mi casa está aquí, en el campo. Por ahora no pienso dejar este lugar”.

Las incursiones mortíferas de Boko Haram desplazan diariamente a cientos de refugiados, en su mayoría mujeres y niños. Necesitamos la ayuda de personas como tú para proteger a más niños como los valientes protagonistas de esta historia.

Por Héléne Caux, ACNUR.

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