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16 Noviembre 2015

La educación: el futuro de una joven refugiada sursudanesa

Esther Nyakong, de 17 años, ha decidido que ser refugiada no será un impedimento para hacer realidad su sueño de convertirse en neurocirujana.

En 2009, a la edad de 10 años, Esther se convirtió en refugiada. Fue el año en que su madre decidió huir de Juba, en Sudán del Sur, a causa de la violencia y la inseguridad. Huyó del país con sus tres hijas, a las que había criado ella sola tras la muerte de su marido. Esther, la más pequeña de todas, nunca llegó a conocer a su padre. De su infancia recuerda que no entendía la guerra, ni por qué la gente combatía. Su madre logró protegerlas durante mucho tiempo de esta dura realidad, pero finalmente, en 2009, no les quedó más remedio que huir.

 

“No quiero ser identificada como refugiada el resto de mi vida”

La familia se refugió en Kakuma, en Kenia, donde vivía un tío de Esther. Él las ayudó a instalarse y a adaptarse poco a poco al campo de refugiados. Las niñas fueron inscritas de inmediato en la escuela y, así, Esther pudo continuar con su educación, aunque admite que, por aquel entonces, no se tomaba muy en serio el colegio. Sin embargo, con el paso del tiempo, su madre fue perdiendo la esperanza y comenzó a beber. Eso hizo que Esther se volcara aún más en sus estudios para darle a su madre un motivo para estar orgullosa y no perder la esperanza.

“Mi madre se había rendido y yo temía que hubiera perdido la esperanza en la vida. […] La gente solía decirme que no podía ser buena en la escuela porque mi madre era analfabeta”. Gracias a su determinación, Esther demostró que eso no era cierto. La joven fue admitida en la escuela Morneau Shepell, abierta en 2014 en el campo. “Todas las chicas quieren ir a esta escuela, así que me siento afortunada” dice Esther.

Esther vestida con su equipamiento de fútbol. Este deporte es una de sus aficiones preferidas. Foto: ACNUR / B: Loysseau

“Quiero romper los prejuicios y demostrar que las niñas tienen futuro”

La madre de Esther regresó a Sudán del Sur en 2013 para trabajar como agricultora y ganar algo de dinero extra para la familia. Sus hermanas también regresaron cuando acabaron la escuela secundaria. Ahora la familia que tiene Esther en el campo es su tío y su grupo de amigas del colegio y del equipo de fútbol, donde juega en su tiempo libre. Muchas de sus amigas en Sudán del Sur están casadas y con hijos, y ella a veces se imagina cómo habría sido su vida si todavía estuviera allí. 

Sin embargo, ahora la vida de Esther gira en torno a su educación y su futuro. Dice que quiere “pasar del campo al campus, y de ser refugiada a ser neurocirujana”. Sobre la posibilidad de regresar también ella a Sudán del Sur algún día, Esther tiene claro que le gustaría volver “como una ciudadana de éxito, dispuesta a realizar un cambio”. 

La educación de los niños refugiados es un elemento clave para el futuro de un país que lleva años en guerra. ACNUR trabaja para que todos los niños sursudaneses que están viviendo en los campos de países vecinos puedan continuar estudiando y soñando con un futuro mejor para ellos y sus familias. Haciéndote socio de ACNUR tú también contribuyes a que esto sea posible.

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