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13 Mayo 2013

La lucha de una joven refugiada por poner su educación por delante del matrimonio

Hace justo un año, la determinación de Aida Budjut por continuar sus estudios provocó la dura oposición de su abuela, que piensa que la joven de 16 años debería casarse y tener niños.

Pero Aida, refugiada sudanesa, no se iba a dejar amedrentar y, con el apoyo de su padre está ganando la batalla. Esta adolescente comenzó hace poco su sexto curso de inglés para extranjeros con el fin de aprender el idioma y, con el tiempo, enseñar inglés a estudiantes de primaria.

Ella es uno de los 400 refugiados en los campos de Sudán del Sur que han sido admitidos para este curso por parte de Windle Trust International, un socio colaborador de ACNUR. Además, Aida ha comenzado a trabajar como profesora de infantil en el campo de refugiados de Yusuf Batil tras finalizar un curso de preparación para educación infantil. Para ACNUR es clave el acceso de los refugiados a la educación, especialmente de las niñas.

Aunque Aida está ganando el equivalente a unos 250 dólares mensuales, con los que ayuda a su familia, su abuela, Rajab, todavía no está convencida. “Mi abuela pensó que me conformaría con haber ido a clase y que después aceptaría casarme” dice la joven. “Pero ella no entiende qué es lo que yo quiero”.

Aida explica que no quiere acabar atrapada en un matrimonio temprano y dependiendo de su marido, como les ocurre a otras jóvenes que ella conoce. Hasta la fecha, ha rechazado a tres pretendientes.

Su familia tuvo que huir de su aldea en el estado de Nilo Azul, en Sudán del Sur, a finales de 2011 cuando se convirtió en objetivo del conflicto entre el ejército sudanés y el movimiento Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán- rama Norte.

Aida y Rajab quedaron separadas del resto de la familia e hicieron su viaje solas hasta el campo de Yusuf Batil, en Sudán del Sur. Preocupada por cómo iba a mantener a su nieta, Rajab pensó sinceramente que sólo el matrimonio podría ofrecer seguridad económica a la chica.

Un día, sus padres y parientes llegaron al campo y las cosas empezaron a cambiar. “Estaba muy feliz de ver a mis padres, no sólo porque estuvieran vivos” dice, “sino también porque mi padre no estaba de acuerdo con la insistencia de mi abuela por casarme”.

Poco después del reencuentro familiar, Aida caminaba un día por el mercado de Yusuf Batil cuando pasó por delante de un grupo de personas que estudiaban en una de las escuelas del campo. Tras una inspección más cercana, se dio cuenta de que era gente de su edad que estaba participando en un taller para profesores de educación infantil.

“No quería irme de la escuela, y entonces un profesor me dijo que me uniera al grupo porque estaba distrayendo a la clase” recuerda. “Era como volver al colegio. Estaba muy contenta” dice sobre el curso que duró un mes.

Mientras tanto, Aida está participando de un curso de formación ofrecido por Windle Trust y financiado por ACNUR, y confía en estar haciéndolo bien.

A finales de 2012, unos 20.000 niños estaban inscritos en las escuelas de los cuatro campos de refugiados que hay en el condado de Maban, que en su conjunto acogen a unos 116.000 refugiados. Un quinto campo acaba de abrirse.

Rajab ya no insiste más a Aida para casarse de inmediato, pero sigue pensando que debería encontrar un marido, al menos antes de que cumpla los 20 años.

Por Pumla Rulashe en el campo de refugiados de Yusuf Batil, Sudán del Sur

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