Noticias y eventos

04 Julio 2013

Mujeres que luchan por su educación

Nada ha disuadido a la refugiada somalí Hali Shukri Ibrahim de su objetivo de poder estudiar. Ni un matrimonio forzoso temprano, ni la guerra, ni la separación de sus padres, marido e hijo, ni el exilio.

De hecho, la joven, de 26 años, confiesa que convertirse en refugiada le ha dado la oportunidad de estudiar y renovar sus ambiciones. Objetivos que en su hogar, Mogadiscio, capital de la entonces destrozada por la guerra Somalia, se habrían limitado a tener una gran familia, dice.

Ahora que es una estudiante de secundaria en un instituto del gobierno eritreo cercano a su casa en el campo de refugiados de Umkulu, Hali sueña a lo grande. “Quiero estudiar mucho, ir a la universidad y convertirme en médico”, dice. “Cuando llegué a Eritrea, apenas podía hablar y escribir inglés. Ahora lo hablo con fluidez y puedo escribirlo”.

Su esfuerzo por aprender inglés empezó en el complicado viaje que le llevó a esta ciudad portuaria del Mar Rojo, donde más de 3.400 compañeros somalíes viven en el campo de refugiados.

En su casa en Mogadiscio, escuchaba la BBC para mejorar su inglés. Un día, en 2008, escuchó en el programa Localizando Familias, de la BBC, que sus padres estaban en Eritrea y que la estaban buscando.

Ella estuvo refugiada con ellos allí antes, en 1996, a la edad de nueve años, pero volvió a su Somalia natal cuando estallaron los enfrentamientos junto a la frontera entre Etiopía y Eritrea, dejando a toda su familia atrás. De vuelta en Mogadiscio, la casaron con un completo desconocido antes de terminar la escuela primaria.

Una vez que su marido supo que sus padres la estaban buscando, en un acto de sacrificio, accedió a divorciarse de ella. Incluso le ayudó a salir de allí sola para encontrarles. Dejando a su hijo de dos años, Hali se fue y cruzó Djibouti con el fin de reencontrarse con sus ancianos padres.

La vida en el campo de refugiados de Umkulu le trajo un beneficio inesperado: ACNUR le ofrece a Hali la oportunidad de asistir a la escuela pública, a 20 minutos del campo, le facilita su uniforme y se encarga del transporte.

“No me gustaría estar haciendo ahora nada distinto de estudiar”, dice. Hoy utiliza sus nuevas habilidades con el idioma para trabajar a tiempo parcial como traductora de somalí a inglés.

Tras reunirse con sus padres y recibir una educación, su alegría se completó cuando, después de cinco años desde la última vez que le vio, ACNUR la reunió con su hijo, que ahora tiene siete años. Él también va a la escuela en el campo.

“Mi alegría no tiene límites. Tener de nuevo a mi hijo es recuperar una parte de mí que había muerto”, dice Hali. “Estoy feliz de tenerle conmigo y de cuidar a mi padre diabético”, añade. “Por supuesto tengo que hacer malabares para compaginar mi trabajo en el colegio y mis responsabilidades familiares, pero no me quejo”.

Este campo solo tiene una escuela primaria, a la que asisten más de 1.100 alumnos de  educación infantil y primaria. Como hay menos de 100 estudiantes de secundaria en el campo, “no es rentable construir una escuela secundaria, y ACNUR prefiere que los refugiados se integren en las escuelas públicas eritreas”, dice Viola Kuhaisa, responsable de educación del Centro Regional de Apoyo de ACNUR en Nairobi, que hace poco trabajó con el equipo eritreo de ACNUR en el campo.

Para Hali, no importa si el colegio está dentro del campo o a 20 minutos, mientras reciba una educación. “Si estuviera en Somalia”, dice, “estaría casada con cinco hijos o más. Estoy eternamente agradecida a ACNUR por permitirme lograr mi sueño y mi pasión”.

Hazte socio

Emergencia Siria, 4 millones de refugiados

          AYUDA A SIRIA


    4 Millones de refugiados

Suscríbete a nuestro newsletter

Todos los campos son obligatorios.