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11 Diciembre 2012

Un tuareg deja un buen trabajo para ayudar a los refugiados malienses

Cuando a comienzos de este año miles de familias malienses comenzaron a llegar a su pueblo, situado en el norte de Burkina Faso, Ahmid Ag Rali quedó impactado por el número de niños que había entre estos refugiados. Emocionado y deseando ayudar, este hombre de 35 años originario de la provincia de Oudalan decidió dejar su trabajo en una compañía minera extranjera y solicitó incorporarse a ACNUR.

Hoy, desempeña un importante papel como asistente de servicios comunitarios, ayudando a las personas más vulnerables entre las recién llegadas, como ancianos, mujeres embarazadas y discapacitados. Pero la operación de ACNUR a favor de decenas de miles de refugiados malienses se enfrenta a problemas de seguridad y falta de financiación que están afectado a su capacidad de ayudar a estas personas necesitadas.

Hasta que despunta el alba, el gran Ahmid (mide 1,85 m), es generalmente la primera persona que ven los refugiados que llegan durante la noche al campamento de Mentao al final de su viaje desde la frontera, situada a unos 95 kilómetros más al norte. Se trata de algo más que de un simple trabajo, ya que este muchacho de Burkina considera a los malienses como miembros de “su familia ampliada”. Él mismo es un tuareg nacido y criado en Burkina Faso, y por lo tanto pertenece a la misma etnia que muchos de los refugiados.

“Desde que era un niño, siempre quise marcar una diferencia en la vida de la gente”, cuenta Ahmid aquí en Mentao, uno de los dos campos de refugiados situados en su provincia. “Llegar a ser un trabajador humanitario era mi verdadera vocación, y en ACNUR me siento como en casa”. Como burkinés que ha tenido la fortuna de poder terminar la educación secundaria, también se muestra especialmente preocupado por el bienestar de los niños. Más de la mitad de los refugiados en Burkina Faso son menores de 18 años.

Ahmid da la bienvenida a los recién llegados con un cordial “taberakan” que significa “bienvenidos” en tamasheq, una variedad del tuareg que se habla en Tombuctú y en otras zonas de Malí. La hospitalidad es un elemento fundamental de la cultura tuareg y Ahmid da gran importancia a que los refugiados, cansados, asustados y vulnerables, se sientan seguros, bien atendidos y en casa cuando llegan a Mentao.

“Mi ceremonia de bienvenida es un arte. Si desvío la mirada, o me equivoco con las palabras que utilizo, puedo perder su confianza para siempre”, explicó recientemente en este campamento abierto en abril y que acoge a más de 6.000 personas. Estos refugiados han huido de los enfrentamientos que se iniciaron en enero entre las fuerzas del gobierno de Malí y un movimiento rebelde tuareg.

El conocimiento del contexto local, competencias lingüísticas y sensibilidad cultural del personal nacional como Ahmid resultan fundamentales para ACNUR, que se esfuerza para ayudar a más de 200.000 malienses que han huido a los países vecinos, principalmente a Burkina Faso (35.000) , Mauritania (108.000) y Níger (64.000). Los refugiados alojados en Mentao son tuaregs, árabes y songhai, lo que convierte a una visita a los campamentos en una rica experiencia cultural.

Aunque desde el principio se ha proporcionado la asistencia básica, los problemas de seguridad y dificultades de acceso a los campos, a través de carreteras arenosas, ha limitado la capacidad de la Agencia de la ONU para los Refugiados para hacer más en los campos de la provincia de Oudalan. La Agencia también necesita mantener abiertas nuevas vías de financiación, en un momento en el que equipo de servicios comunitarios en el que trabaja Ahmid, al igual que el resto de equipos, no tiene personal suficiente, a pesar de las recientes donaciones de diversas fuentes.

Ahmid creció en Oudalan, una de las provincias más pobres y áridas de uno de los países más pobres del mundo, Burkina Faso, que ocupa el 181º puesto en el índice mundial de desarrollo humano de Naciones Unidas. Muchas de las personas que huyeron a Burkina Faso, cerca del 80 por ciento, lo hicieron a Oudalan. Por eso Ahmid se siente responsable de las personas que fueron a parar a su “puerta”.

No obstante, supone un gran reto en términos de logística la entrega de material humanitario y el transporte de personal a esta área tan remota y poco desarrollada, en un momento en que las duras condiciones en la región de Sahel se ven agravadas por la escasez de agua y alimentos. Los trabajadores humanitarios han descrito la situación como “doble crisis” porque los refugiados han huido a una región donde la población local ya estaba sufriendo.

Ahmid sigue ayudando a los más necesitados y tratando de hacer que se sientan mejor. Su éxito se demuestra por las sonrisas que se dibujan en sus caras cada vez que él aparece. Conoce a todos los que están a su cuidado por su nombre y les ayuda a acceder a la distribución de alimentos, a la atención sanitaria y a otros servicios prestados por ACNUR y sus socios.

Uno de los beneficiarios es Offeda, que es el jefe de una familia de 80 personas y que ya no puede caminar a causa de sus piernas paralizadas. Offeda llegó al campo de refugiados de Mentao a finales de enero, después de huir de Tombuctú en un coche que conducía el más joven de sus hijos. Gracias a las visitas regulares de Ahmid y a que comparten un mismo idioma, Offeda se siente asistido y cuidado.

Cuando se le pregunta sobre su propia familia y el hecho de estar separado durante largos periodos de su mujer y de su hijo recién nacido, Ahmid explica: “Tengo dos hogares, uno en los campos, donde puedo ayudar a crear un mundo mejor, y un segundo con mi familia, donde puedo vivir con mi familia en un mundo mejor que se ha creado”.

Por Hugo Reichenberger en Mentao, Burkina Faso.

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