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El viaje de miles de refugiados que buscan un hogar mejor puede llegar a ser muy peligroso. Familias enteras se desplazan caminando durante muchas jornadas o cruzan el mar en embarcaciones poco seguras. Un buen ejemplo de estas rutas tan poco seguras es la historia de Doaa, una joven estudiante siria de 19 años que tenía muchas aspiraciones en su país, pero a la que la guerra la obligó a huir.

Refugiados Grecia: la historia de Bassem

Nuestra protagonista llegó a Egipto sin permiso de trabajo y tuvo que hacer turnos de día y noche para ganar un salario demasiado bajo. A medida que pasaban los meses, tenía cada vez más miedo por la inseguridad que se vivía en las calles, y se encontraba sola y lejos de su familia. A pesar de todo, Doaa mantenía la esperanza, pues había encontrado el amor en otro refugiado, Bassem, que se comprometió a llevarla a un lugar seguro en Europa, donde poder casarse e iniciar una nueva vida. Doaa conocía los riesgos de cruzar el Mediterráneo, pues durante el 2014 más de 2.000 refugiados habían perdido la vida en sus aguas. A pesar de las cifras y de que no sabía nadar, sentía que su única solución era huir de Egipto.





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Bassem utilizó todos sus ahorros para pagar los 2.500 dólares que costaba la travesía de cada uno y tener la oportunidad de acceder a una plaza en un barco de pesca. Había tantos refugiados con ellos que casi no cabían. Después de dos días de trayecto, el mar empezó a complicarse. Creyeron que la embarcación se iba a hundir, pero todavía no había pasado lo peor. El cuarto día de travesía otro barco se acercó a ellos. Solo buscaban problemas e hicieron un agujero en el bote donde viajaban nuestros protagonistas, que se empezó a hundir. “El mar se volvió negro”, nos cuenta Doaa. “Escuché gente gritando, sentía que me iba a ahogar. Incluso vi cómo la hélice cortó a un niño en pedazos”.

refugiados grecia

Milagrosamente, consiguieron aferrarse a un trozo de la embarcación. Había cadáveres por todas partes, pero nuestra protagonista fue parte de los 100 supervivientes que más tarde fueron rescatados. Aguantaron en el agua un día y una noche. Algunos no lo lograron. Doaa recuerda a un palestino que sujetaba a su nieta de nueve meses en brazos para que no se hundiese. “Por favor, toma al bebé”, le dijo, “Estoy muy cansado”. Se hundió ante sus ojos.

Su prometido, Bassem, no tuvo la misma suerte que ella. Sus últimas palabras fueron: “Lo siento, mi amor. Por favor, perdóname”. Doaa pasó dos días más en el mar, intentando que los niños que habían sobrevivido no se diesen por vencidos. Entonces vieron un barco mercante. Tras dos horas de hacer señas, lograron verla y le echaron una cuerda. Doaa subió por fin fue rescatada.

Su historia, de hecho, está cobrando más importancia que nunca. Más de 150.000 refugiados han cruzado el Mediterráneo para buscar una vida mejor en Europa, y muchos de ellos murieron en el intento. Pero, a pesar de estas cifras, siguen haciendo estos viajes porque no se sienten a salvo en sus países. Se arriesgan a morir o a emprender un camino tan difícil para encontrar cobijo y un lugar donde poder vivir con la tranquilidad que necesitan.

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