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Cada día, cientos de refugiados llegan a Grecia a través de sus costas, muchos de ellos mujeres y niños que buscan una oportunidad mejor.

Por primera vez desde el inicio de la crisis de refugiados en Europa, las mujeres y los niños han superado el 50% de las llegadas por mar, según datos de ACNUR. En junio de 2015 esta cifra era del 30%.





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Un ejemplo de esta travesía y de la espera en los asentamientos en Europa es la historia de Nisrine, una viuda que viaja con sus dos hijos y sus tres hijas desde Siria. Su largo camino ha sido más que una aventura. Durante varias jornadas, la lluvia mojó su ropa y sus cuerpos hasta que al fin llegaron a Europa. Al principio se alojaron en el campamento de Idomeni, pero ahora han sido reasentados en Lagkadikia, un campo al norte de Grecia.

El trayecto hacia Europa es difícil para todos los refugiados, pero sobre todo para las madres solas. “Soy madre y padre al mismo tiempo”, cuenta. “Mi marido murió en Siria hace tres años”.

Refugiados Grecia
ACNUR / A. Zavallis

Muchas mujeres musulmanas como Nisrine son viudas, pues sus maridos murieron en la guerra o en viajes anteriores. Otras han tenido que esperar mientras sus maridos se asentaban en Alemania, Suecia o en otros lugares de Europa en busca de una oportunidad para luego poder traer a sus familias. Ahora se embarcan con sus hijos en trayectos peligrosos para unirse a aquellos, ya que en ocasiones trámites legales como la reunificación familiar hacen que tengan que esperar durante varios meses.

En Lagkadikia, Nisrine y sus hijos viven junto a otras 300 personas, y por fin se sienten seguros y con oportunidades de salir adelante. Mientras espera una solución más estable, guarda celosamente fotografías que recuerdan su vida en Alepo. “Esta es nuestra boda”, dice mientras sostiene una foto de su marido, Adib, de pie junto a ella. Ella lleva un vestido blanco con una banda roja alrededor de su cintura, una tradición kurda. “Fue el día más feliz de mi vida”. Estuvieron casados durante 16 años. La familia vivía en la ciudad de Alepo, en una casita con un gran patio. Adib trabajaba en la construcción y Nisrine cuidaba de sus hijos.

Dos años después del inicio de la guerra, en el verano de 2013, una bomba cayó en su casa mientras dormían. Nisrine, embarazada de siete meses, se puso de parto antes de tiempo, al golpear la metralla su estómago. Afortunadamente, su hijo nació sano. Unos meses después, en septiembre, una bomba mató a su marido cuando salía a buscar comida para la familia. El último en verlo con vida fue su hijo mayor, Mohammed. “Mi marido le pidió que cuidara de mí”, cuenta Nisrine. Ahora tiene 15 años y sostiene gran parte del peso de la familia y ayuda a su madre y sus hermanos en esta travesía.

Finalmente, Nisrine y sus hijos decidieron huir a Europa para buscar una oportunidad mejor lejos de la guerra. Para ello pagaron a los contrabandistas el equivalente a 900 euros para que los llevaran de Turquía a la isla griega de Chíos. Los traficantes los embarcaron con otras 70 personas en un bote de goma que no cumplía las medidas de seguridad necesarias y en el que sus vidas corrían peligro. “Solo podía pensar en que no sería capaz de salvar a todos mis hijos si caían al agua”, relata.

A su llegada, tomaron un ferry a la península griega con destino al puerto de El Pireo en Atenas y, desde allí, un autobús a Idomeni, con la esperanza de poder cruzar la frontera no oficial. Durante su estancia no tenían dinero y no sabían qué iba a pasar con ellos, por lo que tuvieron que esperar una solución en este campamento. Ahora han sido reasentados y ven una nueva oportunidad en Lagkadikia, un campo donde cuentan con recursos básicos como agua caliente, cama, comida e incluso asesoramiento jurídico y alternativas educativas para los más pequeños.

refugiados Grecia
ACNUR / A. Zavallis

Durante su trayecto hacia Europa, nuestra protagonista temía por la seguridad de sus hijos, pero también por su salud, ya que no tenían recursos básicos como ropa o calzado. Las fuertes lluvias, además, amenazaban con causar enfermedades a los más pequeños, por eso desde que están en Lagkadikia, sus temores han ido desapareciendo.

De todas formas, esta no es una solución permanente, por eso las autoridades están buscando otras soluciones para Nisrine y otras familias, como el asilo en Grecia o el programa de reubicación oficial de la Unión Europea, que busca dar un hogar a 160.000 refugiados de Grecia e Italia en los Estados miembros en los próximos dos años.

La historia de Nisrine y sus hijos solo es un ejemplo de la situación de miles de refugiados en Grecia, que llegan a sus costas y esperan durante meses hasta que se les encuentra una solución. Son los grupos más vulnerables, ya que suelen venir con pocas pertenencias, y los riesgos para su salud son mayores. Incluso hay muchas mujeres embarazadas, que deciden viajar de todos modos, y que acaban por tener a sus hijos dentro de los campamentos o cuya salud corre peligro por el agotamiento y las situaciones a las que se enfrentan en el camino.

Mientras, otras personas como Nisrine y sus hijos, siguen buscando una solución temporal y una oportunidad de huir de la guerra y el miedo, por eso la ayuda de todos es tan importante para reasentar a los miles de refugiados que lo han perdido todo.





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